martes, 30 de agosto de 2011

Hiedras

Sentado sobre el frío trono de mármol deja de sentir poco a poco sus doloridos sus huesos, helados por un viento fantasma que congela todo lo que toca y que sólo siente él.
Las hiedras recubren los muebles, las paredes y poco a poco los vanos de las ventanas, pero sin atreverse a acercarse a él, dejándole con sus pensamientos, con el rictus de serenidad, la templanza en la mirada.
Frunce el ceño como única queja y aprieta los labios, sin moverse un ápice, sin estirar las manos aferradas a una vieja y oxidada espada. Le quedan sus recuerdos, cuando era joven y se bañaba en el río, cuando reía a carcajadas bebiendo vino, cuando cabalgaba horas y horas sin cansarse.
Rememora las costas bravías, las montañas y bosques nevados, los campos de olores profundos.
Inspira profundamente el denso aire, le constriñe la maldita coraza de metal, pero sigue inmóvil mirando el horizonte.
A sus pies la corona que hace tiempo se quitó, que le pesaba demasiado en la cabeza. Cierra los ojos para dormir, sin cambiar la postura.
Y así sigue Arturo, el gran rey, el fundador de Camelot, esperando que le vengan a buscar.




Arturo en imagen de Nigel Terry (de la película Excalíbur de John Boorman, probablemente una de las mejores hsitorias de Camelot jamás contada)

lunes, 29 de agosto de 2011

Noches de feria


Hace fresco porque el otoño ya nos acecha, aunque todos salen a la calle, algunos incluso sin chaqueta. Se oyen los gritos de los niños, las risas, el ruido de las tombolas, la música estridente. Nos llega el olor de fritanga, de dulce caramelo, de gofre y hamburguesa. Nos acercamos a la feria entre el bullicio de grupos infantiles, de jovenes atolondrados, de sonrisas de padres y ojos brillantes de pequeñuelos emocionados.
Nos embriagamos con las luces de colores, los parpadeos y las atracciones que hacen que nos paremos antes de saber qué hacer.
Es el fin del verano y hay que celebrarlo. Las Hadas lo festejan danzando alrededor de túmulos verdosos, cantando tonadillas, bebiendo de los jugos de las frutas, saltando y dando volteretas, dejando que sus corazones se llenen de jubilo.
Nosotros, simples y mortales, humanos defectuosos, nos contentamos con brillos articiales y algodón de azúcar.

lunes, 1 de agosto de 2011

En el infinito

Tumbada sobre la hierba y con Lobito sobre la tripa, dándome calor, miro la infinitud de luces titilantes, colores parpadeantes en el cielo nocturno. Si cierro los ojos tengo la sensación de elevarme hacia las estrellas, de sentirme una con la Nada, en el vacío entre elementos mágicos de un espacio inconmensurable. El cri cri de los grillos me devuelve a la realidad. Allí arriba, mientras yo me levanto, hay otra como yo, quizás otra "yo" y otro "Lobito" que sienten que algo les falta en sus almas, observando un cielo azulado, o tal vez rojizo. Más allá de mi misma y de lo que conozco hay otros que se preguntan por qué se sienten solos, hay otros que necesitan alzar las manos al aire y sentirse tocados por una piel extraña. Más allá de mi mirada alzada hay otra que me mira lejana. Una mujer misteriosa, astral, etérea, no hada sino carnal, más materia que yo, más lucida que yo, más pícara que yo.
Segura de que Ella existe respiro hondo el olor a tomillo del monte, camino haciendo crujir los matojos con Lobito trasteando cerca de mis pies. Y Ella se levanta vaporosa, flota como un espectro y se disuelve.