Tenía ganas de contarla las hazañas de su hijo, debería sentirse orgullosa, y seguro que querría compensarle. Aunque los tres años que había pasado fuera le pesaban como una enorme losa, sentía que su corazón volvía a vibrar, reconocía ya el bosque y allí a lo lejos estaba el pequeño poblado.
Se desvió hacia la rivera del río, buscando su choza. Se acordaba perfectamente y el estómago le dio un vuelco al verla en la lejanía. Caminó lo más rápido que pudo, llamándola a gritos. Pero algo interrumpió su voz, el techo tenía un enorme boquete, se había derrumbado. Asustado abrió el portón con gran esfuerzo. Dentro no quedaba nada salvo la mesa y algunos arcones. Caminó entre los restos del derrumbe, revolviendo por si encontraba algo de ella.
- ¿Qué ha pasado? Podéis decírmelo mujeres.
- Escucha curandero, quizá pensó que no volverías.- dijo una.
- ¿Qué ha sucedido?.- Merlín se estaba entregando a los pensamientos más tenebrosos.
- Se marchó. Cuando os fuisteis.
- ¿Se ha ido? No puede ser, seguro que algo debió de pasarla.
- Anciano, lo que la sucedió fue que el herrero enviudó y se la llevó con él.
- ¿Qué? ¿Qué insinúas?
- No insinúo nada. Digo que es una historia de hace tiempo ya. Por el Señor de las Aguas, si el niño era igualito.
Merlín se levantó mareado y sin decir nada se alejó, desoyendo a las mujeres que le llamaban. Dejó que sus piernas le guiasen de vuelta a la cabaña donde tan feliz había sido. Abrió por última vez el portón chirriante y se sentó en una de las sillas, mirando la repisa de la chimenea, donde ella se sentaba al atardecer para seguir remendando los vestidos. Tenían que estar equivocadas, ella nunca le haría eso. No podía dudar de ella, estaba seguro que sólo se había ido en busca de refugio, quizá al interior del bosque.
No, ella no se había alejado de él, volvería. Seguro que regresaría a casa, en su busca. Seguro que ella notaría su presencia, era un hada. La esperaría, la esperaría allí, su refugio. La esperaría como seguro que ella había hecho.
Y Merlín cerró los ojos.
