Hoy he soñado que me hacía una con la naturaleza. Era un paisaje otoñal.
Había hojas anaranjadas en el suelo. Ramitas húmedas por la lluvia. Tierra mojada y olorosa.
Los árboles se mecían al viento, y me helaba el cuerpo. Hundí los pies en el fango y me dejé caer al agua.
No sé de donde salió la idea de lanzarme al agua, creo que pretendía morir… aunque morir ahogada no me parezca hermoso, y me angustie.
Pero las aguas me remolcaron, pasando por turbios remolinos, helándome cada vez más. Mi cuerpo se iluminaba y me pareció hermoso. Era como un tronco a la deriva, pero elegante y poético.
Supongo que morí, porque cuando abrí los ojos me parecía tener su orejita peluda en la cara, su olor a perro en el olfato, su barriguita llena a mi lado. Y fue delicioso.
Se me quedan pegados los granos de arena a las piernas. Resuena música en mi cabeza. Jugueteo introduciendo mis dedos entre pequeñas dunas. Hace frío y tengo la carne de gallina, no me importa. No sé si te estoy esperando.
Tiene que empezar mi ritual, mi bautizo de cada año, aunque tirito sólo de pensarlo. Respiro profundamente, aguanto la respiración y salgo corriendo hasta que el agua choca contra mi cuerpo y el frío me hace gritar.
Me sumerjo y las olas me comen, el cabello flota y se mece como si fuese un paño de seda. Buceo con los ojos abiertos, luego me picarán. Intento que el mar se alimente de mí, me vacíe, me borre, me haga suya.
Al fin salgo, perdida ya la noción del tiempo. Respiro y me siento mejor, aliviada. El mar me da miedo y me atrae, lo amo y me impone. Algún día me convertiré en espuma de mar… como en el cuento.
Hoy me siento más sola que nunca, sin ti. A veces pienso si en algún momento conseguí rascar la superficie de tu corazón engañoso. A veces pienso si la primavera volverá a mí, porque hoy no me parece hermosa, me da asco, me repugna, me hace gritar y llorar. Me siento más sola que nunca, pensando que quizá sea la peor primavera, por todo, ya lo sabes, no sólo por ti… Me pregunto si esperaste al momento oportuno para contármelo, sabiendo que me tenías presa, que siento algo enfermizo por ti, sabiendo que tus tentáculos negros, pegajosos y dañinos me tenían sólo para ti, sin posibilidad de escapar. Hoy me siento más sola que nunca, vacía, sin esencia… muerta.
Estúpido viejo bobo. Cabeza hueca de chorlito. Estúpido enamoradizo.
El anciano repite cada insulto en su cabeza, sentado en el suelo de piedra, de una alcoba fría, casi sintapices. Ha llorado mucho, y ha gritado hasta quedarse afónico. Después ha intentado llamarla, rezando al cielo para que ella le escuchase, intentando ser dulce y compasivo, y jurando por todo que se lo perdonaría.
Pero ella no ha regresado y él sigue solo, sentado en el frío suelo, mirando el ventanuco. Pasa el tiempo. Crece la barba. A veces se levanta y estira las piernas, que le crujen. Intenta encender fuego pero el castillo es demasiado gélido y se apaga.
Granito a granito, la montaña donde está ubicado el castillo, se va colmando de arena, rocas, tierra y vegetación, hasta cubrir la ventanita de su alcoba. La montaña se come el castillo. Lo devora hasta recubrirle por entero.
El anciano decide dormir… quizá algún día despierte. Pero su último pensamiento va para Vivianne. Maldito viejo bobo. Estúpido enamoradizo. Cuán tonto puede ser un anciano mago enamorado. Pobre Merlín.
Dibujillo del artista francés Gustave Doré (s. XIX)
Sigue dibujando, frenético, ansioso, con los ojos enrojecidos. Las mira y se le hincha el pecho. A veces siente mareos, baja los párpados, pero ellas le tientan.
Revolotean y danzan, de aquí para allá. Volteretas en el aire, gráciles, ríen, se dejan caer como kamikazes para remontar el vuelo en el último segundo.
Son la vida, los colores, la alegría… son todo. Le muerden los dedos, le tiran del pelo. Sonríe sus gracias pero no deja de dibujar. Si no hubiese hecho caso a su abuela nunca habría regresado a la casita de campo. Nunca habría sentido los finos rayos de sol primaveral, incipientes aún. Los primeros brotes de las flores del jardín. Ni habría escuchado las flautas, los timbales, las risitas pícaras.
¿Es que no sientes que se acerca el sol? ¿No sientes que vuelvo a sonreír? ¿No sientes el calor, la piel caliente, los suspiros? ¿No sientes que necesito regresar a mi jardín? Vamos, suéltame, sácame de este tarro, déjame volar… Prometo escaparme sólo un poco…al fin y al cabo sólo soy tu musa.
Se siente enfermo, el sudor frío le recorre la espalda. Intenta tragar saliva y no puede, la garganta reseca le duele. El corazón desbocado pugna por salir del cuerpo. Tiene que sentarse y cerrar los ojos. Ella se inclina sobre él, que siente el aliento cálido tan cerca…demasiado cerca. Le agarra las manos y las acerca a su cuerpo suave, tierno…y sobre todo irreal. El cabello sedoso se escurre desde los hombros aterciopelados de ella para tocarle el cuello. De nuevo intenta tragar. Abre lentamente los ojos, y ella está ahí, sonríe maliciosa y él sabe qué significa esa sonrisa. Saca la lengua rosada y con la punta le lame, casi sin rozar la piel. Le deja húmedos los labios y eso parece real. Se sienta a horcajadas sobre él, desnuda, perfecta. Él siente la carne de gallina, cómo no desearla, ¡maldita sea!, cómo no querer hacerla el amor. Si tan sólo fuese real…
A pocos pasos la mesa para diseños, cubierta de los bocetos para la nueva novela gráfica que prepara. A pocos pasos están los bocetos blancos, como si no hubiese dibujado nada en esos meses…
El que en unos años será Sir Roy Wolfman, pero que ahora es un niño imberbe, se encuentra en su paseo matinal con una figura femenina que, en la lejanía, parece sola y perdida.
Frena su montura y se acerca curioso a esa criatura de cabellos largos y piel azulada, que mira con los ojos abiertos de par en par, temerosa, como agazapándose esperando para atacar.
Él tiende su mano, espera y cuando ella se acerca la sujeta en un abrazo. Murmura que no la va a hacer daño. La ayuda a montar sobre el caballo y galopa a su castillo. Atrás queda el enorme bosque.
La agasaja y la cubre de bondades, la presenta en su pequeña corte, pero a nadie acaba de convencer su extraño color, sus orejas puntiagudas, ni su mirada penetrante, tampoco habla y si lo hace no es para halagar a nadie.
Suben a lo alto de la torre, allí la desnuda, ahora es suya. A cambio la regala los aposentos más altos de la torre. A lo lejos la guerra se acerca y él debe marchar, cuando lo hace la encierra desde fuera allí en lo alto.
Pasan los años entre idas y venidas a la guerra, le crece la barba, ella le da tres hijos: Amor, Fidelidad y Confianza.
Un aciago día él sube a la torre, agarra entre sus manos los cuellos de los hijos y los mata. Nadie sabe por qué, quizá fue por amor a otra mujer, por amor a sí mismo, o por locura. Ella huye, sube las últimas escaleras de la alta torre. Él la persigue no pretende matarla también, se le nublan los ojos de lágrimas… ¿qué ha sucedido?.
Posa los pies desnudos sobre la fría piedra de la almena, mientras Sir Roy se acerca. Ella se lanza al vacío, cae y muere.
Siglos después, la leyenda se transformará, las gentes de aldeas vecinas acoplarán nuevos y distintos cuentecillos de por medio, pero todos conocerán la historia como “La triste leyenda de Sir Roy, el de corazón de pez”
Sentada en la roca moja los pies entre olas. El agua está fresquita. Mira hacia el horizonte. Se siente sola y abandonada. Se siente traicionada. Mira el mar y llora. Duele el alma y el corazón. Siente que algo sangra en su interior, algo que no puede arreglar, que seguirá doliendo. Quiere rugir al horizonte, hundirse entre las aguas. Él la ha robado su piel de selkie. Lo que la unía al resto de seres amados, a su vida. Él se ha apoderado de ella, la ha hecho suya. Y ella ya no sabe si él alguna vez la ha amado, porque si la amó alguna vez ¿Por qué la robó su maravillosa, suave y resplandeciente piel de foca?. Se ha convertido en su esposa selkie, siempre triste, añorando el mar.
Me enrrollo sobre mi misma haciéndome un ovillo, sobre tus piernas, para que me acaricies el lomo, y en la cabeza, entre las orejas. Y no puedo evitar ronronear. Y que se me erice el vello. Te clavaría las uñas afiladas si intentases levantarte. Mordería la mano si cesa en las cosquillas. Así que aguantas hasta que me duermo y mi cuerpo vuelve a ser humano, y no bufo ni maullo.
Las olas mecían la barca, balanceaban, acunándome en medio de la nana formada por el chasquido contra la madera del bote.
Cubierta por la capa no cesaba de tiritar de frío. La bruma se acercaba. Sentí la tentación de meter la mano entre las oscuras aguas del lago, pero me daba miedo, como si algotenebroso fuese a agarrarme y lanzarme a las profundidades heladas.
A lo lejos una canción, que aunque melodiosa y delicada no me tranquilizaba.Alcé la vista y una peña terrosa, coronada por una arboleda abigarrada, despuntaba entre las aguas gélidas.
El bote frenó su lento avance. Una mano blanca, coronada por dedos azules surgióante mi, bajo mi barquita, tocándola, acercándose a mi. Me mordí los labios. No la toques, no la toques, me murmuraba a mi misma. El corazón desbocado. El aliento convertido en jadeos. Intenté vislumbrar de dónde procedía ese brazo, pero nada se veía bajola superficie. Quise gritar.
La mano empujó mi bote haciaatrás. Desandaba mi camino mientras se volvía a sumergir. ¡Avalón maldita!, te tuve tan cerca….